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Aprendí de la belleza de sus paisajes, áridos, volcánicos, fríos.
De los caballos salvajes corriendo en manada y completamente libres.
De su comida con sabores tan distintos, cada plato contando la historia de su país.
De su gente, resiliente y con valores arraigados, aun viviendo en un lugar con zonas inhóspitas.
Aprendí la frase þetta reddast que se pronuncia como "zet-ta red-ast" y se puede traducir como "al final todo se solucionará". Más que una frase, ese concepto representa una filosofía de vida que flota en el aire en esta hermosa isla.
De Islandia también aprendí sobre su gran sabiduría colectiva. Un país pequeño, de casi 400.000 personas, que decidió construir algo diferente.
Un lugar donde la equidad de género no es una aspiración sino una realidad medible, liderando los rankings globales por más de una década consecutiva. Donde la educación pública es de alta calidad y accesible para todos, y donde el sistema de salud cuida a sus ciudadanos, priorizando el bienestar común.
Un país que experimentó con la semana laboral reducida a cuatro días para seguir investigando cómo vivir y trabajar de forma más humana.
Un lugar pionero en cuidado ambiental y donde la energía geotérmica calienta los hogares directamente desde las entrañas de la tierra.
Islandia me recordó que sí es posible construir sistemas justos, sostenibles, conscientes. Que el þetta reddast no es resignación pasiva, sino una confianza profunda en la capacidad colectiva de salir adelante.
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